Áreas Naturales Protegidas

INDICE
 
LOS PARQUES NACIONALES PATAGÓNICOS:
Una oportunidad para la integración y el desarrollo regional.

Lic. Juan Salguero
El Destino de los Bosques fuera de las áreas naturales protegidas en la Patagonia
Por: Alberto A. De Magistris


 LOS PARQUES NACIONALES PATAGÓNICOS:
 Una oportunidad para la integración y el desarrollo regional.
 Lic. Juan Salguero



Los primeros Parques patagónicos: entre los ideales conservacionistas y la geopolítica.
      Resulta difícil comprender el papel que hoy deben jugar los Parques Nacionales para el desarrollo e integración de la Patagonia, sin antes comprender su génesis y la serie de avatares que fueron definiendo las etapas institucionales de la Administración de Parques Nacionales (APN), a lo largo de sus más de 80 años de existencia. Diferente al papel que hoy se le atribuye a las áreas naturales protegidas, en un comienzo la función de los Parques no siempre estuvo restringida a la conservación de la naturaleza sin no que también jugaron un papel estratégico en la ocupación soberana del territorio nacional en épocas donde la frontera entre Argentina y Chile al Sur del país era aún lábil.
      En efecto, recién a partir de finales del siglo XIX, luego de finalizada la campaña al desierto, es cuando comienza a organizarse el Estado Nacional en los territorios que hoy forman parte de la Patagonia argentina, motivadas pon razones geopolíticas y comerciales. Geopolíticas, porque la Patagonia se visualizaba como un vasto territorio “desierto” que debía ser ocupado antes que Chile. Comerciales, porque se buscó terminar con el robo de ganado que los pueblos originarios realizaban a los estancieros de la provincia de Buenos Aires para venderlo a Chile a través de pasos cordilleranos.
      Podría pensarse que antes de la llegada del hombre blanco y más allá de las disputas internas que existía entre los diferentes grupos indígenas, característicos de toda sociedad humana, había en la Patagonia una forma de integración, que bajo pautas sociales y culturales diferentes a las de hoy, realizaban un intercambio comercial muy fluido entre ambos lados de la cordillera, que involucraba a los pueblos originarios de diferentes etnias, y entre estos y los “blancos” quienes recalaron en Carmen de Patagones (1779), en Punta Arenas (1850) y en el Valle del río Chubut (1865), para comercializar productos, especialmente el guanaco y la carne de ñandú. Aquellos pueblos tenían una forma de parlamento entre los jefes de las comunidades, especialmente en tiempos de guerra; y una clara demarcación territorial basada en las áreas de caza.
      Con el casi exterminio de los pueblos originarios en la región, y como consecuencia de ello la ruptura de una forma de integración que existía hasta ese entonces, comienza una etapa de rápida organización del Estado Nacional y la demarcación de los límites fronterizos con la República de Chile, en abierta dispuesta por aquellos años.
      Es en esta altura de las circunstancias cuando los Parques Nacionales hacen su aparición en estos territorios. Siguiendo el modelo de EEUU y Canadá que declararon Parque Nacional extensas áreas de naturaleza prístinas, el Estado Argentino encontró una excelente herramienta para sentar soberanía territorial de forma rápida y “económica”, en sitios alejados y hasta cierto punto inhóspito para el poder central de Buenos Aires. Si bien ya existía el antecedente del Parque Nacional del Sur, creado en 1922 a partir de una donación hecha al gobierno Nacional por el Perito Francisco P. Moreno, con el fin de conservar la naturaleza, resulta claro que además del manifiesto interés por la preservación de los bosques patagónicos, existían fuertes razones geopolíticas que impulsaron a su creación. Es así como entre los años 1934 y 1937 se crea en el límite fronterizo con la República de Chile, cinco áreas naturales protegidas que sumadas, ocupaban una superficie de 2.269.000 ha (cuadro Nº 1). Es importante tener presente la fecha, porque la creación de estos Parques Nacionales es anterior a la creación de las provincias patagónicas, lo que demuestra la importancia que estos espacios protegidos tuvieron en la historia reciente de la región.
      Al Oeste de la Cordillera la República de Chile adopta una política similar, creando el Parque Nacional Vicente Pérez Rosales en el año 1926 y cuatro años más tarde la Reserva Forestal Villarrica, ambas áreas limítrofes con Argentina.
      Visto de este modo, en un comienzo, los Parques Nacionales no fueron creados a partir de un idealismo conservacionista únicamente, si no que además, la ocupación de estos territorios con extensas áreas protegidas respondió a una estrategia subyacente, tanto de Argentina como de Chile, de establecer soberanía territorial para sus respectivas naciones.


Los Parques como impulso para el desarrollo:
      Una vez ocupados los territorios con los Parques Nacionales se diseñaron ambiciosos proyectos de infraestructura básica para fomentar el turismo, lo que sirvió como rampa de despegue para el desarrollo económico de pueblos que se beneficiaron con aquella política desarrollista generada a partir de las áreas protegidas. En efecto, el concepto de Parque Nacional que se tenía por aquel entonces fue sin dudas muy diferente al de hoy, ya que desde el propio organismo se favoreció la creación de villas turísticas, se introdujeron numerosas especies exóticas forestales para el desarrollo de la actividad silvícola, y especies exóticas de fauna para la caza y la pesca deportiva.
      Cientos de kilómetros de rutas y caminos, decenas de muelles, hoteles y hosterías, que permitieron el acceso del público a los principales atractivos turísticos desde Neuquén hasta Tierra del Fuego, fueron diseñados y realizados durante aquellas primeras décadas, con todo un diseño arquitectónico original para la región, que todavía hoy es una marca de identidad propia. Hasta tal punto llegó aquella política de desarrollo, que el primer hospital regional, la costanera y las primeras escuelas de Bariloche, el centro de esquí del Cerro Catedral (todavía hoy el más importante de Sudamérica), la primer calle asfaltada de toda la Patagonia, fueron construidas a instancias del aquel organismo denominado “Parques Nacionales y Turismo”.
      Pero a partir de los años `60, como consecuencia de la aparición de nuevos conceptos e ideas, tales como “ecología”, “equilibrio ecológico”, “biodiversidad” “preservación del medioambiente” entre muchos otros; y a medida que las sociedades fueron tomando conciencia de las nuevas y dramáticas emergencias planetarias como la deforestación, el calentamiento del planeta, el enrarecimiento de la capa estratosférica de ozono, el agotamiento de las fuentes de agua potable, la polución química del aire; la política respecto de los Parques Nacionales fue cambiando drásticamente anteponiendo los intereses de conservación de los recursos naturales por sobre cualquier otro tipo de interés local. El organismo se fue cerrando en sí mismo, provocando la reacción de una parte de las comunidades vecinas, quienes vieron en esta nueva política un desentendimiento de los intereses de desarrollo regional. El falso dilema entre conservación y desarrollo se fue acentuando, llegando a su máxima expresión durante los años `70 y gran parte de los `80. En este contexto el organismo fue centralizando la toma de decisiones respecto al manejo de los Parques en su Casa Central de Buenos Aires para diluir las presiones locales por el uso o la extracción de recursos naturales, o demandas de mayor infraestructura y nuevos circuitos turísticos. De esta forma, los Parques Nacionales sufrieron un proceso de aislamiento cada vez mayor, con indisimulables enfrentamientos con gobiernos provinciales y municipales.
      Los años `90 se caracterizaron por un notable incremento en la cantidad de nuevas áreas protegidas nacionales, el financiamiento internacional para la instalación de nueva infraestructura en los Parques, y una tímida apertura hacia las comunidades vecinas. Sin embargo, en términos generales, las políticas de conservación y manejo de los Parques no sufrieron cambios significativos, perdurando la contradicción entre uso y conservación.
      Recién en los últimos años, el reconocimiento y la valoración de los beneficios proporcionados por la conservación de los ecosistemas naturales han supuesto un cambio conceptual respecto de las áreas protegidas, que en la actualidad deben ser entendidas como una forma moderna de administración de los recursos naturales y culturales, donde el fin primordial es garantizar los bienes y servicios ecosistémicos.
      Esta nueva visión deviene en una nueva forma de relación entre las áreas protegidas y la sociedad, donde las formas tradicionales de manejo de los espacios naturales protegidos deben complementarse con otras que proporcionen beneficios ambientales indispensables para la economía, la salud pública y el bienestar general de los seres humanos.

Los Parques nuevamente como oportunidad:
      Aquellos cambios paradigmáticos respecto de la forma de concebir los Parques Nacionales, sumado a una cantidad de circunstancias externas a los mismos, abren la posibilidad para reinsertarlos nuevamente en los planes de desarrollo regional. Este nuevo contexto favorable puede describirse a partir de los siguientes factores:
a-       Existe una manifiesta voluntad política de las autoridades de la APN de romper con el aislamiento institucional y abrir el manejo de los Parques a la participación pública, a través de comisiones asesoras locales conformadas por todas las entidades, gubernamentales y no gubernamentales, con legítimos intereses en las áreas naturales protegidas. Por otra parte, existe el compromiso para una mayor participación de los Parques en todos los eventos y foros que hagan a la planificación regional.
b-       Ante la crisis de las economías regionales, las comunidades vecinas a los Parques han visualizado al turismo como una salida que puede generar importantes fuentes de trabajo y nuevos ingresos económicos. En este sentido, los Parques Nacionales representan una marca de prestigio que bien utilizada, puede derramar beneficios económicos a las localidades vecinas a través de un turismo ecológicamente sustentable. Las viejas disputas por el uso productivo o extractivo de los recursos naturales van perdiendo entidad, en la medida que para el público van adquiriendo un mayor valor los ambientes prístinos, las bellezas escénicas poco antropizadas y el contacto con la vida silvestre. Tal es así, que en muchos casos las propias comunidades locales se han convertido en fervientes defensoras de las áreas naturales protegidas, ante proyectos comerciales o de infraestructura que ponían en riesgo los valores protegidos (actividades de heli-esquí en cerros con presencia de huemul, mina de oro en Esquel, represa hidroeléctrica Segunda Angostura, etc.).
c-       La devaluación del peso respecto del dólar, convirtió a la Argentina y muy especialmente a la Patagonia, en un destino muy atractivo para el turismo extranjero, especialmente los sitios que coinciden con la presencia de un Parque Nacional o algún área protegida provincial como es el caso de la Península Valdéz (Chubut), donde se albergan los tesoros naturales más impactantes de la región, registrándose en la actualidad un record histórico de visitantes en los Parques de la región.
d-       Las necesidades de integración de los países para crear bloques comerciales como el MERCOSUR, los acuerdos binacionales entre Argentina y Chile, y la desaparición de los conflictos limítrofes con este último país, abren la posibilidad de una mayor integración y complementación entre las áreas protegidas próximas de Chile y Argentina.
e-       Existe una creciente presión de los grupos ambientalistas para que gobiernos provinciales tengan un mayor compromiso con la conservación de la naturaleza y el uso sustentable de los recursos naturales. Esto permitiría sacar del letargo a muchas de las áreas protegidas provinciales que aún no cuentan con infraestructura ni personal propio, ni tampoco con planes de manejo; lo que permitiría articular una verdadera red patagónica de áreas protegidas, vinculadas a través de la conectividad o complementación biológica y turística.
      Tomando en cuenta aquellos factores, es posible pensar nuevamente a los Parques Nacionales como verdaderas oportunidades para la integración y el desarrollo sustentable de la región patagónica.
      Tal integración no debería estar limitada exclusivamente a acuerdos comerciarles, administrativos o de infraestructura entre las diferentes localidades y jurisdicciones, si no fundamentalmente, orientada a la búsqueda de una identidad propia donde estén vinculados y formando parte de un proyecto común, todos los grupos sociales y económicos que la conforman.
Los Parques Nacionales podrían (y deberían) jugar un papel clave en dicha integración, ya que contienen los más bellos escenarios paisajísticos de la región, alberga a las comunidades biológicas más emblemáticas de los ecosistemas nativos, y preserva recursos estratégicos para el desarrollo económico, como el germoplasma potencialmente útil para la industria farmacológica y alimentaria, y las nacientes de las principales cuencas hidrográficas que son fuente de producción energética y de riego en zonas de marcada aridez.
      Asimismo, el desarrollo no debería ser reducido únicamente al crecimiento económico como aumento material de la cantidad de recursos utilizados, si no que también debería contemplar la dimensión ambiental y social. Esto es, no atentar contra las bases ecológicas sobre la que se sustenta la producción o recolección de bienes, promoviendo simultáneamente una mayor equidad en la distribución de los beneficios, con adaptabilidad y preservación de la diversidad cultural. O dicho de otro modo, un desarrollo económico de la región patagónica con sostenibilidad social y ecológica. En este punto, los Parques Nacionales también tienen mucho que aportar, ya que la conservación de los recursos naturales, especialmente los relacionados con la regulación de los ciclos y procesos de soporte de la vida, deberían formar parte de un desarrollo responsable para la región. Conservación y desarrollo no son antítesis, si no diferentes caras de una misma estrategia.
      A este respecto no habría que olvidar la fragilidad de los ambientes naturales de la Patagonia, que en la estepa y en apenas 100 años de una exacerbada explotación ovina, ha provocado un proceso de desertificación, calificado de grave a muy grave por los especialistas, en 24.940.000 ha los que representa el 32 % de su superficie; siendo este uno de los ecosistemas del mundo más seriamente degradados en tan poco tiempo por las actividades humanas. Asimismo, en la zona andina, los incendios intencionales de bosques para ganar terreno para pasturas durante las primeras dos décadas de la centuria pasada, han provocado efectos de tal magnitud que hasta el presente no han podido ser revertidos.


Integrando a las áreas protegidas de la región:

      El sistema de áreas protegidas (nacionales y provinciales) de la Patagonia argentina está formado en la actualidad por diez Parques Nacionales que suman 2.318.951 ha, y cincuenta Parques y Reservas provinciales, municipales, y privadas, que suman 2.253.078 ha (cuadro Nº 2).
      En el sector patagónico chileno, las áreas protegidas están distribuidas en veinte Parques Nacionales, veintinueve Reservas y ocho monumentos naturales, que suman 12.934.692 ha (cuadro Nº 3).
      La envergadura de las áreas protegidas a ambos lados de la cordillera puede observarse en mapa 1 y es equivalente a la superficie de Uruguay. Debe aclararse que si bien se trata de superficies espectaculares, la mayoría de las áreas protegidas provinciales de la Patagonia argentina, como así también la mayoría de las áreas protegidas chilenas, no están convenientemente desarrolladas, no cuentan con planes de manejo, ni con suficiente infraestructura ni personal para garantizar su protección.
      Mucho se viene discutiendo en los ámbitos académicos sobre el diseño que deben tener las áreas protegidas para un mejor cumplimiento de sus objetivos. En la práctica, la creación y diseño de una reserva parece depender más de la oportunidad para destinar una determinada superficie a esos fines, a partir de la adquisición o donación de tierras, que del resultado de un diseño teórico ideal. Sin embargo, se acepta en general que las áreas protegidas deberían cumplir ciertos requisitos de diseño, que en el caso de los Parques andino-patagónicos podría mejorarse significativamente si se los integra a partir de un manejo articulado entre las diferentes jurisdicciones.
a.       Es preferible que los Parques abarquen áreas extensas. En efecto, si bien un área de mayor tamaño no siempre garantiza la protección de una mayor biodiversidad, las áreas extensas tienen mayor capacidad de “auto-manejo”, esto es, que en ellas se pueden cumplir los procesos ecológicos y evolutivos sin necesidad de “subsidio externo” por parte del hombre, como la reintroducción de especies, el control de poblaciones o el mantenimiento artificial de hábitats
 
      En la Patagonia, como puede observarse en el mapa 1, existen Parques y Reservas contiguas entre Chile y Argentina y entre la nación, las provincias y algunos municipios. Existen dos casos parigmáticos. El primero en el Norte de la región andino-patagónica, con el conglomerado formado por los Parques Nacionales Lanín, Nahuel Huapi de Argentina; Vicente Pérez Rosales, Puyehue y Villarrica de Chile; la Reserva Municipal Llao Llao (Bariloche) el paisaje protegido Río Limay; al que podríamos denominar “conglomerado de Los Lagos”. El segundo caso se presenta al Sur de misma región con el Parque Nacional Los Glaciares y la Reserva Provincial Península de Magallanes, en Argentina; y los Parques Nacionales Torres del Paine y Bernardo O´Higgins, en Chile; al que se podría denominar “conglomerado de los hielos continentales”
      Ambos conglomerados están formados por áreas de diferente categoría de conservación, algunas más estrictas que otras, administradas por diferentes organismos y con leyes y reglamentos también diferentes. Estas circunstancias, no necesariamente son una limitante para un manejo integrado, ya es posible superarlas en la medida que las autoridades de cada jurisdicción entiendan que un manejo integrado de ninguna manera implica perder soberanía, ni autonomía en la gestión en cada uno de los territorios. Por el contrario, esto traería importantes beneficios para alcanzar los objetivos de conservación prevista para cada una de aquellas unidades, ya que sus resultados se verían potenciados por la complementación que existiría entre ellas.
b.
      Que las cuencas de los ecosistemas estén completamente protegidos. En el norte de la Patagonia el límite fronterizo entre Argentina y Chile corre por las altas cumbres y no por la divisoria de agua, por lo que muchas cuencas hidrográficas nacen en un país y cruzan hacia el otro. Argentina y Chile comparten una veintena de cuencas transfronterizas que sumadas abarcan una superficie de 6.000.000 ha. Precisamente las cuencas hidrográficas son, siempre desde un punto de vista ideal, la unidad de conservación de los ecosistemas. Cuando una cuenca es protegida aguas abajo, pero sus nacientes están expuestas a un uso indebido (p.e. uso de fertilizantes o defoliantes, pérdida de suelo, fragmentación del paisaje, etc.), sus efectos negativos afectarán en mayor o menor grado al área protegida.
      La integración de las áreas protegidas contiguas, permitirá completar las cuencas compartidas y mejorar el manejo de un recurso escaso para la humanidad, como los es el agua dulce, y estratégico para el desarrollo de ambos países. Téngase presente que en la Argentina, las cabeceras de las cuencas hidrográficas protegidas en los Parques Nacionales alimentan a ocho represas hidroeléctricas (seis de considerable superficie y dos de menor escala), con una potencia instalada de 4.500 MW y una generación media anual de aproximadamente 15.000 GWh. Agua que también es utilizada para regular las crecidas de los ríos y para garantizar el riego de toda la actividad frutícola en los valles de los ríos Neuquén y Negro.
c.       Es preferible que las áreas protegidas estén conectadas entre sí a través de corredores biológicos. En efecto, cuando las áreas no son contiguas pero están próximas, es posible conectarla a través de corredores que, sin alcanzar el estatus jurídico de una reserva, pueden ser manejas a partir de restricciones o reglamentaciones especiales, para permitir el tránsito de fauna y la dispersión de plantas, facilitando el flujo de genes y la recolonización de sitios degradados.
 
      A este respecto, entre las provincias de Chubut y Río Negro de Argentina y la XI Región de Chile, existe un número importante de Parques y Reservas próximos que podrían interconectarse fácilmente a través de corredores biológicos. Estos corredores son fáciles de diseñar y materializar porque correrían por zonas con baja densidad poblacional y sobre todo porque las actividades productivas que allí se realizan son de tipo extensivas, donde la modificación del paisaje es muy baja.
      Los Parques y Reservas que podrían interconectarse con este mecanismo serían: Parque Nacional Lago Puelo, Parque Provincial Rió Turbio, Reserva Provincial Lago Epuyen, Parque Provincial Cerro Pirque (contiguos), Reserva Municipal Río Azul (Chubut), Reserva Provincial Río Azul (Río Negro) (contiguos), en Argentina; y el Parque Nacional Hornopirén y el Parque Pumalín en Chile, dando lugar a un tercer conglomerado de áreas protegidas, que podría denominarse “del paralelo 42”.
      Este nuevo conglomerado estaría ubicado a una distancia de 30 Km. del “conglomerado de los Lagos” y a 40 Km. del P.N. Los Alerces y la Reserva Futaleufú (contiguas entre Argentina y Chile, respectivamente). No resultaría utópico soñar en el futuro con estos tres conjuntos de áreas unidos entre sí por corredores biológicos, con lo cual, toda la región nor-andino-patagónica alcanzaría un porcentaje de cobertura ideal a los fines de la conservación.
d.       Es preferible que el Parque incluya una amplia diversidad de hábitat y no un hábitat único. La región andino patagónica tiene una fisonomía similar a lo largo de toda la franja andina, pero a nivel de composición de especies es muy diferente entre el norte y el sur, y entre ambos lados de la cordillera. La integración de Parques y Reservas transnacionales e interprovinciales, permitiría conformar un sistema binacional de áreas protegidas que abarque a toda aquella diversidad biológica y sus respectivos hábitats, y plantear programas de manejo e investigación compartidos para especies en peligro de extinción como el huillín (lutra provocax) y el Huemul (Hippocamelus bisulcus), o vulnerables como el pato de los torrentes (Merganetta armata) o de hábitat frágiles como las vegas y mallines.
e.       Que exista un manejo regional de los Parques y Reservas. Esta recomendación es clave para el manejo de las áreas protegidas de ambos países. Los objetivos, criterios y programas de trabajo para las áreas protegidas se establecen en los denominados “planes de manejo”. Cada área protegida debiera tener su Plan de Manejo, pero esto no ocurre en la mayoría de los casos. Pero cuando sí ocurre no son coherentes, aún entre áreas protegidas contiguas administradas por una misma jurisdicción como es el caso de los P.N. Lanín y Nahuel Huapi.

 
      Tener planes de manejo articulados entre sí, permitiría fijar objetivos comunes para complementar circuitos y servicios turísticos, complementar la investigación científica, tener estrategias comunes para la educación ambiental y el tratamiento de problemáticas similares como las especies exóticas, los incendios forestales, la pesca y la caza deportiva, buscar financiamiento internacional para apoyar el manejo de las áreas, compartir los beneficios económicos resultantes de descubrimientos a partir de la biodiversidad protegida, etc.
f.       Que las áreas protegidas no sean excluyentes de las comunidades locales. Al contrario de lo sucedido hasta hace pocos años, la participación de las comunidades locales en los Parques y sus visitantes, debe constituir un aspecto esencial del manejo. Sin la participación y el apoyo de la población que habita dentro y alrededor de los Parques, es prácticamente imposible alcanzar con éxito muchos de los objetivos planteados para las áreas.
 
      Dentro de los Parques Nacionales de la Patagonia Argentina existen unas dos mil propiedades privadas (solo en el P.N. Nahuel Huapi ocupan una tercera parte de la Reserva Nacional) destinadas a residencia permanente o temporaria, o sus tierras son utilizadas para la prestación de servicios turísticos o diversas actividades agrícolas. Además, existen ciento setenta y ocho pobladores rurales que realizan principalmente actividades pecuarias y seis comunidades indígenas reconocidas oficialmente. Con diferencias de matices, las reservas provinciales de Argentina y los Parques chilenos, también tienen propietarios, pobladores rurales y comunidades indígenas dentro de sus áreas. Esto ofrece la oportunidad de orientar aquellas actividades, muchas veces degradantes de los valores protegidos, hacia usos sustentables, a partir del intercambio de experiencias.
      Las autoridades que gestionan las áreas protegidas debieran tener la “obligación” de propender al desarrollo sustentable de las poblaciones que habitan en dichos territorios. Las zonas de amortiguación de las áreas protegidas deberían ser en todos los casos, ejemplos de relación del hombre con la naturaleza, para que dichas experiencias puedan ser replicables a mayor escala fuera de los espacios protegidos.
      Las poblaciones rurales que viven dentro o al borde de los Parques y Reservas cordilleranos tienen un origen cultural similar, por lo que las estrategias para orientar el desarrollo actual hacia un desarrollo sustentable, pueden ser parecidas.
      Y hablar de desarrollo sustentable no solo implica lograr que los usos resulten sostenibles en el tiempo, si no también propender a que los beneficios económicos derivados del uso de las áreas protegidas, se distribuya con equidad.
       En síntesis, la integración de áreas protegidas colindantes o próximas de jurisdicción provincial y nacional, así como las transfronterizas, es esencial para una mayor y mejor conservación de los ambientes naturales, ya que resultan estratégicas para el desarrollo regional, por lo valores que alberga, y por los bienes y servicios que aportan a la sociedad.

 

 


 El Destino de los Bosques fuera de las áreas naturales protegidas en la Patagonia
 Por: Alberto A. De Magistris (*)



      La Eco-región Valdiviana de la Argentina cuenta con más de una docena de áreas protegidas que en total suman más de 1.500.000 has. y se ubican a lo largo de 800 kilómetros de bosque andino-patagónico, en las provincias de Neuquén, Río Negro y Chubut Estas áreas se crearon con el fin de proteger, a través de distintas categorías, varios ecosistemas y numerosos escenarios paisajísticos de particular belleza. Cerca de 600.000 has. de Reserva suelen estar sometidas, no obstante, a un intenso y variado uso. Algunos de estos sitios poseen los mayores índices de biodiversidad de la Patagonia Andina. Además, hace pocos años, la eco-región ha sido incluida en el ámbito internacional dentro las 200 áreas prioritarias para fomentar la conservación de la naturaleza. La idea de alcanzar una conexión entre la mayor parte de estas unidades con miras a constituir corredores para la vida silvestre, proteger las comunidades nativas, y conservar los suelos y las cuencas hídricas ha surgido hace varios años en el seno mismo de la región. Representa un claro desafío para las comunidades y gobiernos locales y se encamina hacia un definitivo intento de preservación de uno de los últimos bosques templados del mundo.
      Tras la creación de los distintos Parques Nacionales y Provinciales durante el siglo pasado, han quedado interpuestas entre aquéllos, numerosas áreas de propiedad fiscal o particular, no menos importantes y valiosas para el funcionamiento de la eco-región en su conjunto. Sin embargo, la mayor parte de estas superficies ha sido objeto de toda una variedad de experimentos productivos e intervenciones sobre el patrimonio forestal nativo. Históricamente, y como paradoja, parece que la protección de un sitio determinado conduce a una explotación desmedida y desordenada de las tierras adyacentes. La ganadería y la actividad forestal han sido aquí las principales maneras de aprovechamiento de los recursos. Pero en la actualidad surge la necesidad de concertar para estos sitios maneras de producción eficientes y a la vez comprometidas con el entorno, que atiendan en primer lugar el cuidado del medio ambiente, nuestro legado natural más valioso. Después de todo, estas tierras están fuera de los límites de los Parques pero siguen siendo parte del mismo bosque. La pregunta es si se justifica querer llevar la mano del hombre y sacar provecho en materias primas hasta en los rincones más puros de los bosques?
      Al recorrer de extremo a extremo la región, es fácil comprender que una conexión eco-regional y el desarrollo de actividades respetuosas de la tierra surgen como únicas alternativas que posibilitarán que estos sitios carentes de programas sólidos de protección no se deterioren progresivamente en el tiempo. Pero parece cada vez más difícil conciliar las actividades humanas con el cuidado del medio ambiente en los ecosistemas boscosos. Son comunes los ejemplos de sobrepastoreo, invasión por especies exóticas, procesos erosivos y pérdida de continuidad de las formaciones florísticas nativas. Impulsivas incursiones por parte de obras viales, hidráulicas, forestales y civiles no suelen tener en cuenta las recomendaciones obtenidas durante décadas de estudios destinados a conocer el funcionamiento ecológico de esta angosta franja verde de los Andes australes. Los conceptos de ecología del paisaje y análisis en mosaico, los cuales aportan muchas herramientas de valoración adecuadas, deben tener un peso significativo en los estudios de impacto ambiental de los emprendimientos. A la vez, la participación de la población en la defensa del interés común permitirá sopesar los beneficios y perjuicios de proyectos de inversión que generalmente se originan en motivaciones ajenas a las del habitante local. Ante la duda, tengamos siempre en cuenta que el bosque y sus enlaces se mantuvieron perfectamente sin intervención nuestra durante miles de años; cuestión ampliamente conocida por las culturas ancestrales y los grupos conservacionistas.
      Por otra parte, y ante la creciente actividad turística en la región, cabría preguntarnos qué proporción de las divisas generadas por el desarrollo de este negocio es devuelta al ambiente en forma de acciones que controlen el deterioro de los sitios más utilizados. Es indudable que la promoción turística de las distintas áreas debe estar sustentada y acompañada por planes de monitoreo de los posibles efectos sobre el medio, además de una nutrida información al visitante acerca de las distintas amenazas a la perpetuidad del bosque, como impacto sobre la vegetación y la fauna, dispersión de especies exóticas, descarga de residuos, etc. Consideremos que no vendrán de afuera a cuidar nuestros paisajes, flora y fauna.
      Algunos aspectos y fenómenos no pueden pasar desapercibidos. Vastas áreas del norte neuquino denotan los signos dejados por décadas de una actividad ganadera bajo pautas de sobrepastoreo, erosión y pérdida de suelo y vegetación. Las forestaciones comerciales, aunque ayuden a detener los procesos de erosión, están lejos de resultar un aporte genuino al paisaje andino. Como plantaciones monoespecíficas sin vida asociada, constituyen sólo una alternativa para la provisión de madera blanda y su inclusión en las formaciones leñososas naturales siempre requerirá de un concepto forzado. Las poblaciones de Araucaria araucana (pehuén) situadas en la zona de Pino Hachado y la cuenca de los lagos Aluminé y Moquehué constituyen una oportunidad única para conservar las mejores poblaciones de esa especie, la cual se encuentra en un 70 % fuera de las áreas protegidas actualmente establecidas. Sin embargo, la introducción de pinos en medio de los bosques de pehuén, representa una clara muestra de menosprecio de la flora, fauna y cultura autóctonas y resulta un puntapié para la invasión espontánea de especies foráneas. La porción de bosque situada entre el P.N. Nahuel Huapi y la comarca de El Bolsón y el área Protegida Río Azul parece haber merecido el más desinteresado de los tratos y muchos sectores se asemejan hoy a campos de batalla entre el hombre y la naturaleza. Algo más al sur, las intervenciones en los frágiles sistemas fluviales de la cuencas de los lagos Puelo y Epuyén constituyen una inexplicable muestra de retroceso en la concepción de la convivencia con los ecosistemas de montaña. El fomento de la minería a través de corporaciones extranjeras en el área de influencia de Esquel y otras zonas patagónicas emerge como un fenómeno impuesto forzadamente a la sociedad, desde una disciplina que parece no poner límites a sus expectativas económicas. Finalmente, la cuenca del río Corcovado, constituye uno de los escenarios actuales más complejos desde el punto de vista de conjugar las actividades productivas, un turismo creciente y el cuidado de estos frágiles bosques que marcan los límites australes de la Eco-región.
      Recibimos a diario noticias referidas a los embates que las formaciones boscosas reciben en diferentes partes del globo. Grandes superficies son aniquiladas para la conversión hacia la agricultura, la cual, lejos de ser sustentable en el tiempo, incorpora pautas de rentabilidad y mercado que echan al olvido los conocimientos sobre el cuidado de los recursos adquiridos con gran esfuerzo por las distintas culturas y la investigación aplicada al tema. Es claro que las comunidades, en parte a través de las ONGs, estarán a la vanguardia en proponer iniciativas para que en la mayor parte de los ecosistemas todavía más o menos intactos se alcance algún estado de protección. Si no fuera así, quién defendería esos pocos espacios naturales del planeta? Las inquietudes ecológicas han dejado de ser adjudicadas a motivaciones particulares de índole únicamente sentimental para constituirse en realidades vitales de todas las comunidades, sean urbanas o rurales. Además, y afortunadamente, en la actualidad se suma también el trabajo llevado a cabo en distintas instituciones nacionales que ejecutan líneas de investigación y extensión tendientes a comprender más sobre los bosques nativos, mallines, ecotonos y zonas áridas. Pero sabemos que tanto quienes cumplen funciones gubernamentales como los responsables acciones privadas suelen ir varios años atrás, favoreciendo intereses poco claros y beneficios puntuales e inmediatos.

(*): Dr. Ing. Agr. Facultad de Ciencias Agrarias. Universidad Nacional de Lomas Zamora: <demagistris@agrarias.net>


 

 


Asociación Lihuén-Antu, “Proyecto Lemu”.
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