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Los
primeros Parques patagónicos: entre los ideales conservacionistas
y la geopolítica.
Resulta difícil comprender
el papel que hoy deben jugar los Parques Nacionales para el desarrollo
e integración de la Patagonia, sin antes comprender su
génesis y la serie de avatares que fueron definiendo las
etapas institucionales de la Administración de Parques
Nacionales (APN), a lo largo de sus más de 80 años
de existencia. Diferente al papel que hoy se le atribuye a las
áreas naturales protegidas, en un comienzo la función
de los Parques no siempre estuvo restringida a la conservación
de la naturaleza sin no que también jugaron un papel estratégico
en la ocupación soberana del territorio nacional en épocas
donde la frontera entre Argentina y Chile al Sur del país
era aún lábil.
En efecto, recién a
partir de finales del siglo XIX, luego de finalizada la campaña
al desierto, es cuando comienza a organizarse el Estado Nacional
en los territorios que hoy forman parte de la Patagonia argentina,
motivadas pon razones geopolíticas y comerciales. Geopolíticas,
porque la Patagonia se visualizaba como un vasto territorio “desierto”
que debía ser ocupado antes que Chile. Comerciales, porque
se buscó terminar con el robo de ganado que los pueblos
originarios realizaban a los estancieros de la provincia de Buenos
Aires para venderlo a Chile a través de pasos cordilleranos.
Podría pensarse que
antes de la llegada del hombre blanco y más allá
de las disputas internas que existía entre los diferentes
grupos indígenas, característicos de toda sociedad
humana, había en la Patagonia una forma de integración,
que bajo pautas sociales y culturales diferentes a las de hoy,
realizaban un intercambio comercial muy fluido entre ambos lados
de la cordillera, que involucraba a los pueblos originarios de
diferentes etnias, y entre estos y los “blancos” quienes
recalaron en Carmen de Patagones (1779), en Punta Arenas (1850)
y en el Valle del río Chubut (1865), para comercializar
productos, especialmente el guanaco y la carne de ñandú.
Aquellos pueblos tenían una forma de parlamento entre los
jefes de las comunidades, especialmente en tiempos de guerra;
y una clara demarcación territorial basada en las áreas
de caza.
Con el casi exterminio de
los pueblos originarios en la región, y como consecuencia
de ello la ruptura de una forma de integración que existía
hasta ese entonces, comienza una etapa de rápida organización
del Estado Nacional y la demarcación de los límites
fronterizos con la República de Chile, en abierta dispuesta
por aquellos años.
Es en esta altura de las circunstancias
cuando los Parques Nacionales hacen su aparición en estos
territorios. Siguiendo el modelo de EEUU y Canadá que declararon
Parque Nacional extensas áreas de naturaleza prístinas,
el Estado Argentino encontró una excelente herramienta
para sentar soberanía territorial de forma rápida
y “económica”, en sitios alejados y hasta cierto
punto inhóspito para el poder central de Buenos Aires.
Si bien ya existía el antecedente del Parque Nacional del
Sur, creado en 1922 a partir de una donación hecha al gobierno
Nacional por el Perito Francisco P. Moreno, con el fin de conservar
la naturaleza, resulta claro que además del manifiesto
interés por la preservación de los bosques patagónicos,
existían fuertes razones geopolíticas que impulsaron
a su creación. Es así como entre los años
1934 y 1937 se crea en el límite fronterizo con la República
de Chile, cinco áreas naturales protegidas que sumadas,
ocupaban una superficie de 2.269.000 ha (cuadro Nº 1). Es
importante tener presente la fecha, porque la creación
de estos Parques Nacionales es anterior a la creación de
las provincias patagónicas, lo que demuestra la importancia
que estos espacios protegidos tuvieron en la historia reciente
de la región.
Al Oeste de la Cordillera
la República de Chile adopta una política similar,
creando el Parque Nacional Vicente Pérez Rosales en el
año 1926 y cuatro años más tarde la Reserva
Forestal Villarrica, ambas áreas limítrofes con
Argentina.
Visto de este modo, en un
comienzo, los Parques Nacionales no fueron creados a partir de
un idealismo conservacionista únicamente, si no que además,
la ocupación de estos territorios con extensas áreas
protegidas respondió a una estrategia subyacente, tanto
de Argentina como de Chile, de establecer soberanía territorial
para sus respectivas naciones.
Los Parques como impulso para el desarrollo:
Una vez ocupados los territorios
con los Parques Nacionales se diseñaron ambiciosos proyectos
de infraestructura básica para fomentar el turismo, lo
que sirvió como rampa de despegue para el desarrollo económico
de pueblos que se beneficiaron con aquella política desarrollista
generada a partir de las áreas protegidas. En efecto, el
concepto de Parque Nacional que se tenía por aquel entonces
fue sin dudas muy diferente al de hoy, ya que desde el propio
organismo se favoreció la creación de villas turísticas,
se introdujeron numerosas especies exóticas forestales
para el desarrollo de la actividad silvícola, y especies
exóticas de fauna para la caza y la pesca deportiva.
Cientos de kilómetros
de rutas y caminos, decenas de muelles, hoteles y hosterías,
que permitieron el acceso del público a los principales
atractivos turísticos desde Neuquén hasta Tierra
del Fuego, fueron diseñados y realizados durante aquellas
primeras décadas, con todo un diseño arquitectónico
original para la región, que todavía hoy es una
marca de identidad propia. Hasta tal punto llegó aquella
política de desarrollo, que el primer hospital regional,
la costanera y las primeras escuelas de Bariloche, el centro de
esquí del Cerro Catedral (todavía hoy el más
importante de Sudamérica), la primer calle asfaltada de
toda la Patagonia, fueron construidas a instancias del aquel organismo
denominado “Parques Nacionales y Turismo”.
Pero a partir de los años
`60, como consecuencia de la aparición de nuevos conceptos
e ideas, tales como “ecología”, “equilibrio
ecológico”, “biodiversidad” “preservación
del medioambiente” entre muchos otros; y a medida que las
sociedades fueron tomando conciencia de las nuevas y dramáticas
emergencias planetarias como la deforestación, el calentamiento
del planeta, el enrarecimiento de la capa estratosférica
de ozono, el agotamiento de las fuentes de agua potable, la polución
química del aire; la política respecto de los Parques
Nacionales fue cambiando drásticamente anteponiendo los
intereses de conservación de los recursos naturales por
sobre cualquier otro tipo de interés local. El organismo
se fue cerrando en sí mismo, provocando la reacción
de una parte de las comunidades vecinas, quienes vieron en esta
nueva política un desentendimiento de los intereses de
desarrollo regional. El falso dilema entre conservación
y desarrollo se fue acentuando, llegando a su máxima expresión
durante los años `70 y gran parte de los `80. En este contexto
el organismo fue centralizando la toma de decisiones respecto
al manejo de los Parques en su Casa Central de Buenos Aires para
diluir las presiones locales por el uso o la extracción
de recursos naturales, o demandas de mayor infraestructura y nuevos
circuitos turísticos. De esta forma, los Parques Nacionales
sufrieron un proceso de aislamiento cada vez mayor, con indisimulables
enfrentamientos con gobiernos provinciales y municipales.
Los años `90 se caracterizaron
por un notable incremento en la cantidad de nuevas áreas
protegidas nacionales, el financiamiento internacional para la
instalación de nueva infraestructura en los Parques, y
una tímida apertura hacia las comunidades vecinas. Sin
embargo, en términos generales, las políticas de
conservación y manejo de los Parques no sufrieron cambios
significativos, perdurando la contradicción entre uso y
conservación.
Recién en los últimos
años, el reconocimiento y la valoración de los beneficios
proporcionados por la conservación de los ecosistemas naturales
han supuesto un cambio conceptual respecto de las áreas
protegidas, que en la actualidad deben ser entendidas como una
forma moderna de administración de los recursos naturales
y culturales, donde el fin primordial es garantizar los bienes
y servicios ecosistémicos.
Esta nueva visión deviene
en una nueva forma de relación entre las áreas protegidas
y la sociedad, donde las formas tradicionales de manejo de los
espacios naturales protegidos deben complementarse con otras que
proporcionen beneficios ambientales indispensables para la economía,
la salud pública y el bienestar general de los seres humanos.
Los
Parques nuevamente como oportunidad:
Aquellos cambios paradigmáticos
respecto de la forma de concebir los Parques Nacionales, sumado
a una cantidad de circunstancias externas a los mismos, abren
la posibilidad para reinsertarlos nuevamente en los planes de
desarrollo regional. Este nuevo contexto favorable puede describirse
a partir de los siguientes factores:
a- Existe
una manifiesta voluntad política de las autoridades de
la APN de romper con el aislamiento institucional y abrir el manejo
de los Parques a la participación pública, a través
de comisiones asesoras locales conformadas por todas las entidades,
gubernamentales y no gubernamentales, con legítimos intereses
en las áreas naturales protegidas. Por otra parte, existe
el compromiso para una mayor participación de los Parques
en todos los eventos y foros que hagan a la planificación
regional.
b- Ante la
crisis de las economías regionales, las comunidades vecinas
a los Parques han visualizado al turismo como una salida que puede
generar importantes fuentes de trabajo y nuevos ingresos económicos.
En este sentido, los Parques Nacionales representan una marca
de prestigio que bien utilizada, puede derramar beneficios económicos
a las localidades vecinas a través de un turismo ecológicamente
sustentable. Las viejas disputas por el uso productivo o extractivo
de los recursos naturales van perdiendo entidad, en la medida
que para el público van adquiriendo un mayor valor los
ambientes prístinos, las bellezas escénicas poco
antropizadas y el contacto con la vida silvestre. Tal es así,
que en muchos casos las propias comunidades locales se han convertido
en fervientes defensoras de las áreas naturales protegidas,
ante proyectos comerciales o de infraestructura que ponían
en riesgo los valores protegidos (actividades de heli-esquí
en cerros con presencia de huemul, mina de oro en Esquel, represa
hidroeléctrica Segunda Angostura, etc.).
c- La devaluación
del peso respecto del dólar, convirtió a la Argentina
y muy especialmente a la Patagonia, en un destino muy atractivo
para el turismo extranjero, especialmente los sitios que coinciden
con la presencia de un Parque Nacional o algún área
protegida provincial como es el caso de la Península Valdéz
(Chubut), donde se albergan los tesoros naturales más impactantes
de la región, registrándose en la actualidad un
record histórico de visitantes en los Parques de la región.
d- Las necesidades
de integración de los países para crear bloques
comerciales como el MERCOSUR, los acuerdos binacionales entre
Argentina y Chile, y la desaparición de los conflictos
limítrofes con este último país, abren la
posibilidad de una mayor integración y complementación
entre las áreas protegidas próximas de Chile y Argentina.
e- Existe
una creciente presión de los grupos ambientalistas para
que gobiernos provinciales tengan un mayor compromiso con la conservación
de la naturaleza y el uso sustentable de los recursos naturales.
Esto permitiría sacar del letargo a muchas de las áreas
protegidas provinciales que aún no cuentan con infraestructura
ni personal propio, ni tampoco con planes de manejo; lo que permitiría
articular una verdadera red patagónica de áreas
protegidas, vinculadas a través de la conectividad o complementación
biológica y turística.
Tomando en cuenta aquellos
factores, es posible pensar nuevamente a los Parques Nacionales
como verdaderas oportunidades para la integración y el
desarrollo sustentable de la región patagónica.
Tal integración no
debería estar limitada exclusivamente a acuerdos comerciarles,
administrativos o de infraestructura entre las diferentes localidades
y jurisdicciones, si no fundamentalmente, orientada a la búsqueda
de una identidad propia donde estén vinculados y formando
parte de un proyecto común, todos los grupos sociales y
económicos que la conforman.
Los Parques Nacionales podrían (y deberían) jugar
un papel clave en dicha integración, ya que contienen los
más bellos escenarios paisajísticos de la región,
alberga a las comunidades biológicas más emblemáticas
de los ecosistemas nativos, y preserva recursos estratégicos
para el desarrollo económico, como el germoplasma potencialmente
útil para la industria farmacológica y alimentaria,
y las nacientes de las principales cuencas hidrográficas
que son fuente de producción energética y de riego
en zonas de marcada aridez.
Asimismo, el desarrollo no
debería ser reducido únicamente al crecimiento económico
como aumento material de la cantidad de recursos utilizados, si
no que también debería contemplar la dimensión
ambiental y social. Esto es, no atentar contra las bases ecológicas
sobre la que se sustenta la producción o recolección
de bienes, promoviendo simultáneamente una mayor equidad
en la distribución de los beneficios, con adaptabilidad
y preservación de la diversidad cultural. O dicho de otro
modo, un desarrollo económico de la región patagónica
con sostenibilidad social y ecológica. En este punto, los
Parques Nacionales también tienen mucho que aportar, ya
que la conservación de los recursos naturales, especialmente
los relacionados con la regulación de los ciclos y procesos
de soporte de la vida, deberían formar parte de un desarrollo
responsable para la región. Conservación y desarrollo
no son antítesis, si no diferentes caras de una misma estrategia.
A este respecto no habría
que olvidar la fragilidad de los ambientes naturales de la Patagonia,
que en la estepa y en apenas 100 años de una exacerbada
explotación ovina, ha provocado un proceso de desertificación,
calificado de grave a muy grave por los especialistas, en 24.940.000
ha los que representa el 32 % de su superficie; siendo este uno
de los ecosistemas del mundo más seriamente degradados
en tan poco tiempo por las actividades humanas. Asimismo, en la
zona andina, los incendios intencionales de bosques para ganar
terreno para pasturas durante las primeras dos décadas
de la centuria pasada, han provocado efectos de tal magnitud que
hasta el presente no han podido ser revertidos.
Integrando a las áreas protegidas de la región:
El sistema de áreas
protegidas (nacionales y provinciales) de la Patagonia argentina
está formado en la actualidad por diez Parques Nacionales
que suman 2.318.951 ha, y cincuenta Parques y Reservas provinciales,
municipales, y privadas, que suman 2.253.078 ha (cuadro Nº
2).
En el sector patagónico
chileno, las áreas protegidas están distribuidas
en veinte Parques Nacionales, veintinueve Reservas y ocho monumentos
naturales, que suman 12.934.692 ha (cuadro Nº 3).
La envergadura de las áreas
protegidas a ambos lados de la cordillera puede observarse en
mapa 1 y es equivalente a la superficie de Uruguay. Debe aclararse
que si bien se trata de superficies espectaculares, la mayoría
de las áreas protegidas provinciales de la Patagonia argentina,
como así también la mayoría de las áreas
protegidas chilenas, no están convenientemente desarrolladas,
no cuentan con planes de manejo, ni con suficiente infraestructura
ni personal para garantizar su protección.
Mucho se viene discutiendo
en los ámbitos académicos sobre el diseño
que deben tener las áreas protegidas para un mejor cumplimiento
de sus objetivos. En la práctica, la creación y
diseño de una reserva parece depender más de la
oportunidad para destinar una determinada superficie a esos fines,
a partir de la adquisición o donación de tierras,
que del resultado de un diseño teórico ideal. Sin
embargo, se acepta en general que las áreas protegidas
deberían cumplir ciertos requisitos de diseño, que
en el caso de los Parques andino-patagónicos podría
mejorarse significativamente si se los integra a partir de un
manejo articulado entre las diferentes jurisdicciones.
a. Es preferible
que los Parques abarquen áreas extensas. En efecto, si
bien un área de mayor tamaño no siempre garantiza
la protección de una mayor biodiversidad, las áreas
extensas tienen mayor capacidad de “auto-manejo”,
esto es, que en ellas se pueden cumplir los procesos ecológicos
y evolutivos sin necesidad de “subsidio externo” por
parte del hombre, como la reintroducción de especies, el
control de poblaciones o el mantenimiento artificial de hábitats
| |
En
la Patagonia, como puede observarse en el mapa 1, existen
Parques y Reservas contiguas entre Chile y Argentina y
entre la nación, las provincias y algunos municipios.
Existen dos casos parigmáticos. El primero en el
Norte de la región andino-patagónica, con
el conglomerado formado por los Parques Nacionales Lanín,
Nahuel Huapi de Argentina; Vicente Pérez Rosales,
Puyehue y Villarrica de Chile; la Reserva Municipal Llao
Llao (Bariloche) el paisaje protegido Río Limay;
al que podríamos denominar “conglomerado
de Los Lagos”. El segundo caso se presenta al Sur
de misma región con el Parque Nacional Los Glaciares
y la Reserva Provincial Península de Magallanes,
en Argentina; y los Parques Nacionales Torres del Paine
y Bernardo O´Higgins, en Chile; al que se podría
denominar “conglomerado de los hielos continentales”
Ambos conglomerados
están formados por áreas de diferente categoría
de conservación, algunas más estrictas que
otras, administradas por diferentes organismos y con leyes
y reglamentos también diferentes. Estas circunstancias,
no necesariamente son una limitante para un manejo integrado,
ya es posible superarlas en la medida que las autoridades
de cada jurisdicción entiendan que un manejo integrado
de ninguna manera implica perder soberanía, ni
autonomía en la gestión en cada uno de los
territorios. Por el contrario, esto traería importantes
beneficios para alcanzar los objetivos de conservación
prevista para cada una de aquellas unidades, ya que sus
resultados se verían potenciados por la complementación
que existiría entre ellas. |
| b. |
Que
las cuencas de los ecosistemas estén completamente
protegidos. En el norte de la Patagonia el límite
fronterizo entre Argentina y Chile corre por las altas
cumbres y no por la divisoria de agua, por lo que muchas
cuencas hidrográficas nacen en un país y
cruzan hacia el otro. Argentina y Chile comparten una
veintena de cuencas transfronterizas que sumadas abarcan
una superficie de 6.000.000 ha. Precisamente las cuencas
hidrográficas son, siempre desde un punto de vista
ideal, la unidad de conservación de los ecosistemas.
Cuando una cuenca es protegida aguas abajo, pero sus nacientes
están expuestas a un uso indebido (p.e. uso de
fertilizantes o defoliantes, pérdida de suelo,
fragmentación del paisaje, etc.), sus efectos negativos
afectarán en mayor o menor grado al área
protegida.
La integración
de las áreas protegidas contiguas, permitirá
completar las cuencas compartidas y mejorar el manejo
de un recurso escaso para la humanidad, como los es el
agua dulce, y estratégico para el desarrollo de
ambos países. Téngase presente que en la
Argentina, las cabeceras de las cuencas hidrográficas
protegidas en los Parques Nacionales alimentan a ocho
represas hidroeléctricas (seis de considerable
superficie y dos de menor escala), con una potencia instalada
de 4.500 MW y una generación media anual de aproximadamente
15.000 GWh. Agua que también es utilizada para
regular las crecidas de los ríos y para garantizar
el riego de toda la actividad frutícola en los
valles de los ríos Neuquén y Negro. |
c. Es preferible
que las áreas protegidas estén conectadas entre
sí a través de corredores biológicos. En
efecto, cuando las áreas no son contiguas pero están
próximas, es posible conectarla a través de corredores
que, sin alcanzar el estatus jurídico de una reserva, pueden
ser manejas a partir de restricciones o reglamentaciones especiales,
para permitir el tránsito de fauna y la dispersión
de plantas, facilitando el flujo de genes y la recolonización
de sitios degradados.
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A
este respecto, entre las provincias de Chubut y Río
Negro de Argentina y la XI Región de Chile, existe
un número importante de Parques y Reservas próximos
que podrían interconectarse fácilmente a
través de corredores biológicos. Estos corredores
son fáciles de diseñar y materializar porque
correrían por zonas con baja densidad poblacional
y sobre todo porque las actividades productivas que allí
se realizan son de tipo extensivas, donde la modificación
del paisaje es muy baja.
Los Parques y Reservas
que podrían interconectarse con este mecanismo
serían: Parque Nacional Lago Puelo, Parque Provincial
Rió Turbio, Reserva Provincial Lago Epuyen, Parque
Provincial Cerro Pirque (contiguos), Reserva Municipal
Río Azul (Chubut), Reserva Provincial Río
Azul (Río Negro) (contiguos), en Argentina; y el
Parque Nacional Hornopirén y el Parque Pumalín
en Chile, dando lugar a un tercer conglomerado de áreas
protegidas, que podría denominarse “del paralelo
42”.
Este nuevo conglomerado
estaría ubicado a una distancia de 30 Km. del “conglomerado
de los Lagos” y a 40 Km. del P.N. Los Alerces y
la Reserva Futaleufú (contiguas entre Argentina
y Chile, respectivamente). No resultaría utópico
soñar en el futuro con estos tres conjuntos de
áreas unidos entre sí por corredores biológicos,
con lo cual, toda la región nor-andino-patagónica
alcanzaría un porcentaje de cobertura ideal a los
fines de la conservación.
|
d.
Es preferible que el Parque
incluya una amplia diversidad de hábitat y no un hábitat
único. La región andino patagónica tiene
una fisonomía similar a lo largo de toda la franja andina,
pero a nivel de composición de especies es muy diferente
entre el norte y el sur, y entre ambos lados de la cordillera.
La integración de Parques y Reservas transnacionales e
interprovinciales, permitiría conformar un sistema binacional
de áreas protegidas que abarque a toda aquella diversidad
biológica y sus respectivos hábitats, y plantear
programas de manejo e investigación compartidos para especies
en peligro de extinción como el huillín (lutra
provocax) y el Huemul (Hippocamelus bisulcus), o vulnerables
como el pato de los torrentes (Merganetta armata) o de
hábitat frágiles como las vegas y mallines.
e. Que exista
un manejo regional de los Parques y Reservas. Esta recomendación
es clave para el manejo de las áreas protegidas de ambos
países. Los objetivos, criterios y programas de trabajo
para las áreas protegidas se establecen en los denominados
“planes de manejo”. Cada área protegida debiera
tener su Plan de Manejo, pero esto no ocurre en la mayoría
de los casos. Pero cuando sí ocurre no son coherentes,
aún entre áreas protegidas contiguas administradas
por una misma jurisdicción como es el caso de los P.N.
Lanín y Nahuel Huapi.
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Tener
planes de manejo articulados entre sí, permitiría
fijar objetivos comunes para complementar circuitos y
servicios turísticos, complementar la investigación
científica, tener estrategias comunes para la educación
ambiental y el tratamiento de problemáticas similares
como las especies exóticas, los incendios forestales,
la pesca y la caza deportiva, buscar financiamiento internacional
para apoyar el manejo de las áreas, compartir los
beneficios económicos resultantes de descubrimientos
a partir de la biodiversidad protegida, etc. |
f. Que las áreas protegidas
no sean excluyentes de las comunidades locales. Al contrario de
lo sucedido hasta hace pocos años, la participación
de las comunidades locales en los Parques y sus visitantes, debe
constituir un aspecto esencial del manejo. Sin la participación
y el apoyo de la población que habita dentro y alrededor
de los Parques, es prácticamente imposible alcanzar con
éxito muchos de los objetivos planteados para las áreas.
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Dentro
de los Parques Nacionales de la Patagonia Argentina existen
unas dos mil propiedades privadas (solo en el P.N. Nahuel
Huapi ocupan una tercera parte de la Reserva Nacional)
destinadas a residencia permanente o temporaria, o sus
tierras son utilizadas para la prestación de servicios
turísticos o diversas actividades agrícolas.
Además, existen ciento setenta y ocho pobladores
rurales que realizan principalmente actividades pecuarias
y seis comunidades indígenas reconocidas oficialmente.
Con diferencias de matices, las reservas provinciales
de Argentina y los Parques chilenos, también tienen
propietarios, pobladores rurales y comunidades indígenas
dentro de sus áreas. Esto ofrece la oportunidad
de orientar aquellas actividades, muchas veces degradantes
de los valores protegidos, hacia usos sustentables, a
partir del intercambio de experiencias.
Las autoridades que
gestionan las áreas protegidas debieran tener la
“obligación” de propender al desarrollo
sustentable de las poblaciones que habitan en dichos territorios.
Las zonas de amortiguación de las áreas
protegidas deberían ser en todos los casos, ejemplos
de relación del hombre con la naturaleza, para
que dichas experiencias puedan ser replicables a mayor
escala fuera de los espacios protegidos.
Las poblaciones rurales
que viven dentro o al borde de los Parques y Reservas
cordilleranos tienen un origen cultural similar, por lo
que las estrategias para orientar el desarrollo actual
hacia un desarrollo sustentable, pueden ser parecidas.
Y hablar de desarrollo
sustentable no solo implica lograr que los usos resulten
sostenibles en el tiempo, si no también propender
a que los beneficios económicos derivados del uso
de las áreas protegidas, se distribuya con equidad.
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En síntesis, la integración de áreas protegidas
colindantes o próximas de jurisdicción provincial
y nacional, así como las transfronterizas, es esencial
para una mayor y mejor conservación de los ambientes naturales,
ya que resultan estratégicas para el desarrollo regional,
por lo valores que alberga, y por los bienes y servicios que aportan
a la sociedad. |